"NO QUISO VENIR"

 

Hace unos días quedé con mis amigas de toda la vida en reunirnos para cenar. Había venido una amiga del extranjero y estabamos buscando excusas para vernos y compartir un momento juntas. No es cuestión de todos los días que siete amigas logren (¡finalmente!) ponerse de acuerdo en un día y una hora en la que todas tengan disponibilidad. ¡Gran hazaña! (estrellita para nosotras, chicas)

 

 Quienes me conocen y están cerca a mí saben que hace no mucho tiempo mi novio tuvo un problema cardíaco y los médicos le recomendaron comer saludable: bajo en sal y bajo en grasa. El lugar de encuentro era Madame Tusan (de nada por el cherry) y como imaginarán, siendo un chifa, la comida era naturalmente alta en ambas (sal y grasa). Al llegar - sin mi novio - todos preguntaron por él y yo, muy suelta de huesos y con la ligereza que muchas veces me caracteriza respondí: "¡no quiso venir!". De hecho era la verdad. Él había evaluado la posibilidad de ir, sopesó la posible incomodidad de no poder comer libremente y finalmente decidió que prefería no ir. Entonces me tomó muy por sorpresa cuándo me di cuenta que la reacción en la mesa fue de desconcierto, tanto que hubo quien me llamó la atención por expresarme de "esa" forma. ¡Claro! Ana "mal hablada" dijo: "no quiso venir" y la interpretación común en la mesa fue casi de escándalo: ¿Qué significa "no quiso venir"? ¿Significa que no quiso "compartir con nosotros"? Y de pronto, sin que yo lo planeara, la pequeña frase tomó otro significado... ¡Estaba "difamando" a mi propio novio frente a todos! Y ¿puede ser que al decirlo, estaba "agrediendo" a quienes recibían el mensaje? Entonces expliqué con la misma ligereza, "Ah! no es que no quiera verlos... es solo que saben que no puede comer esta comida y no quería sufrir la tentación". Me di cuenta que esas tres palabras habían sonado agresivas. De hecho esa no era ni remotamente mi intención, pero la frase había sido abiertamente condenada por mis acompañantes. Finalmente el momento pasó, como era de esperarse, la cena transcurrió muy bonita, conversamos, disfrutamos de habernos visto, nos amamos y nos despedimos.

 

Pero la anécdota dejó una reflexión... ¡en realidad dejó varias! De niña muchas veces escuché la frase: "no es lo que dices, ¡es cómo lo dices!"... también escuché mucho la frase "no existe palabra mal dicha, existen palabras mal interpretadas". Estas dos frases comúnmente empleadas por mi madre, vinieron a mi cabeza. Si lo pensamos, cada frase está dirigida a cada uno de los participantes en la comunicación: la primera está dirigida al emisor y la segunda, al receptor. En la comunicación, independientemente de todos los elementos que la conforman, existen dos personajes que comparten cada uno el 50% de la responsabilidad de que la comunicación ocurra de manera asertiva, sin embargo cada uno es responsable del 100% de su función. El emisor es 100% responsable de cómo emite su mensaje, de las palabras que escoge, de la entonación que utiliza y el mensaje que emite desde el cuerpo. De la misma forma, el receptor es 100% responsable de lo que interpreta. Esta última parte puede aflorar nuestra rebeldía, sale nuestro niño interior a decir: ¡Qué tal raza! Yo interpreto en función a lo que dice el otro. Falso. Yo decido cómo interpreto lo que escucho, DECIDO sentirme - o no - aludido, DECIDO juzgar o no a mi interlocutor, DECIDO aceptar o cuestionar. Yo decido cómo escucho y por lo tanto, mi escucha tiene más que ver conmigo que con el otro. En la anécdota del "no quiso venir", yo asumo mi 100% de responsabilidad, entiendo que para minimizar conflictos y en aras de evitar controversias comunicacionales, yo podría haber dicho en una primera instancia: "prefirió no venir porque..." y... ¡FIN DEL PROBLEMA! No existiría esta entrada de blog y no habría aprendizaje. ¿Ven como todo pasa por algo? Por otro lado, tal vez mis amadas amigas de toda la vida asuman su 100% después de leerme, sabiendo que su interpretación podría haber sido distinta desde un principio y... ¡esta entrada de blog tampoco existiría! Entonces, ¡gracias por su contribución!
 

La otra reflexión me llevó a nuestra relación con el "NO QUIERO". Claro, entiendo que en este caso, mi pecado fue hablar de otro al decir "(él) no quiso venir". Sin embargo, solo por jugar a filosofar... ¿qué hubiese pasado si YO no hubiese querido ir a la cena? Por la simple y sencilla razón de que no tengo ganas (no porque esté de mal humor, no porque esté deprimida, no porque esté molesta con alguien, simplemente porque: "no quiero ir"). ¿Podría decir: "no voy porque... no quiero"? (Tiré una granada, explotó la ciudad y me quedé sin amigos) De hecho yo sí lo digo así, sin asco, porque soy una fresca sin filtros... claro, siempre enfatizando mi voz de "perdóname, por favor no me juzgues". Y tengo que aceptar que las veces que he sido así de honesta, me he sentido juzgada. La situación del ya famoso "no quiso venir", me recordó algo interesante: nunca estamos listos para escuchar un "no quiero", porque el "no quiero" o el "no me gusta" o el bendito "no quiso venir" tiene una connotación hostil, un desaire, hay una interpretación de rechazo que viene detrás. Sin embargo, la frase no ES de "rechazo", no ES "hostil", simplemente ES. La frase toma el significado que le da quien la interpreta y aquí nuevamente aparece el factor de decisión.

 

¿Qué me llevo? Me llevo el hacerme cargo (sin que pese). Hacerme cargo como emisor y como receptor, hacerme cargo de cómo me comunico y también cómo interpreto, a reconocer aquello que me pertenece y aquello que no me pertenece. Finalmente, me llevo mi 100%. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Please reload

Entradas recientes

August 1, 2017

May 23, 2017

November 15, 2016

October 28, 2016

Please reload

Archivo
Please reload

Buscar por tags
Please reload

Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square

CONTÁCTANOS

Santiago de Surco - Lima, Perú

981 429 503 / 993 453 595

contacta@integraliacoaching.com